Primates: una gran familia de la que también formamos parte Copiar al portapapeles
POR: ChemaTierra
1 septiembre, 2026
Monos, lémures, gorilas, orangutanes… y seres humanos. Aunque somos muy diferentes, todos pertenecemos a un mismo grupo de mamíferos: los primates. ¿Qué tenemos en común y qué hace tan especial a esta gran familia?
Cuando escuchamos la palabra primate, probablemente imaginamos a un mono balanceándose entre las ramas de la selva. Pero los primates son mucho más diversos.
Hay especies diminutas que caben casi en la palma de una mano y gorilas que pueden superar los 150 kilogramos. Algunos pasan gran parte de su vida entre los árboles; otros, como nosotros, caminamos habitualmente sobre dos piernas. Los hay solitarios y también aquellos que viven en grupos con complejas relaciones sociales.
Pero todos compartimos una historia evolutiva.
¿Qué es un primate?
Los primates son un orden de mamíferos que incluye a lémures, loris, tarseros, monos y simios. En este último grupo se encuentran gibones, orangutanes, gorilas, chimpancés, bonobos y seres humanos.
Aunque existe una enorme diversidad, muchos compartimos ciertas características: ojos orientados hacia el frente, manos capaces de sujetar objetos, dedos con uñas en lugar de garras y un cerebro relativamente grande en comparación con otros mamíferos.
Estas características están relacionadas con una historia que comenzó, en buena medida, entre los árboles.
Tener ojos al frente, por ejemplo, permite que los campos de visión de ambos ojos se superpongan. Así podemos calcular mejor las distancias: algo especialmente útil si necesitas saber qué tan lejos está la siguiente rama antes de saltar hacia ella.
Entonces… ¿todos los primates son monos?
No.
Los monos son primates, pero no todos los primates son monos. Los lémures, gorilas, orangutanes y seres humanos también pertenecemos al orden de los primates, pero no somos monos.
Una de las grandes divisiones distingue a los monos de los simios, grupo al que pertenecemos nosotros. Los simios no tienen cola y suelen presentar, entre otras características, cerebros relativamente grandes y hombros con gran movilidad.
Así que sí: los seres humanos somos primates.
Eso no significa que descendamos de los monos que existen actualmente. Humanos y otros primates modernos descendemos de ancestros comunes que vivieron hace millones de años. A partir de ellos surgieron diferentes ramas evolutivas, algunas de las cuales continúan hasta nuestros días.
¿Dónde viven?
Hoy existen primates silvestres principalmente en las regiones tropicales y subtropicales de América, África y Asia, además de Madagascar, hogar de los lémures.
Cada región tiene sus propios habitantes. Los gorilas y chimpancés viven naturalmente en África; los orangutanes, en Asia; los lémures son exclusivos de Madagascar; y en América encontramos especies como monos araña, capuchinos, titíes y aulladores.
Y sí, México también tiene primates silvestres.
En las selvas del sureste habitan tres especies: el mono araña (Ateles geoffroyi), el mono aullador negro (Alouatta pigra) y el mono aullador de manto (Alouatta palliata).
¿Qué comen los primates?
Depende de la especie.
Muchos consumen frutos, hojas y semillas, mientras que otros complementan su dieta con insectos, huevos o pequeños animales. Incluso dentro de una misma especie, la alimentación puede cambiar dependiendo de la estación y de los recursos disponibles.
Y comer fruta puede tener consecuencias importantes para todo el bosque.
Cuando algunos primates comen un fruto y después se desplazan, transportan sus semillas en el interior de su organismo. Al expulsarlas en otro sitio, ayudan a dispersarlas y favorecen el crecimiento de nuevas plantas.
Por eso, algunas especies funcionan como verdaderos jardineros del bosque.
¿Son inteligentes?
La inteligencia no es una característica exclusiva de los seres humanos y tampoco existe una sola forma de medirla.
En distintas especies de primates se han observado capacidades sorprendentes: pueden resolver problemas, aprender observando a otros, recordar lugares, reconocer individuos y establecer complejas relaciones sociales.
Algunos incluso utilizan herramientas.
Los chimpancés, por ejemplo, pueden introducir pequeñas ramas en termiteros para obtener insectos. Los monos capuchinos utilizan piedras para romper alimentos duros. En algunas poblaciones, estas conductas se transmiten entre individuos y generaciones.
Los primates también se comunican mediante sonidos, expresiones faciales, posturas y gestos. Basta observar durante unos minutos a un grupo de monos para descubrir que dentro de él están ocurriendo muchas cosas: alianzas, juegos, cuidados, conflictos y reconciliaciones.
¿Desde cuándo existen?
Nuestra familia es muy antigua.
Los primeros parientes cercanos de los primates actuales aparecieron poco después de la extinción de los dinosaurios no avianos, hace alrededor de 60 millones de años.
Desde entonces, millones de años de evolución dieron origen a una enorme variedad de especies. Algunas desaparecieron y otras sobrevivieron hasta formar la diversidad que conocemos actualmente.
Nosotros somos apenas una pequeña rama de ese enorme árbol evolutivo.
Una familia en problemas
A pesar de su capacidad para adaptarse, muchas especies de primates enfrentan serias amenazas.
La pérdida y fragmentación de los bosques reduce los lugares donde pueden alimentarse, refugiarse y desplazarse. A ello se suman la caza y el tráfico ilegal de animales.
En México, por ejemplo, los tres primates silvestres se encuentran considerados en peligro de extinción por la NOM-059.
Comprar un mono como mascota tampoco ayuda a conservarlos. Los primates son animales silvestres con necesidades físicas y sociales muy complejas, y su extracción de la naturaleza puede afectar poblaciones completas.
Mirarlos es también mirarnos
Quizá una de las razones por las que los primates nos resultan tan fascinantes es que reconocemos algo familiar en ellos.
Una mano que se aferra a otra. Una cría jugando. Un grupo que se comunica. Un individuo resolviendo un problema o aprendiendo al observar a los demás.
No somos iguales, pero compartimos características que heredamos de antepasados muy antiguos.
Estudiar a los primates nos permite comprender mejor los bosques donde viven, la evolución de los mamíferos y también nuestra propia historia.
Porque cuando observamos las ramas del gran árbol de los primates, descubrimos algo sorprendente: nosotros también estamos en él.
