¿Cómo sabemos si el aire está limpio si no podemos verlo? Copiar al portapapeles
POR: Deyanira Almazán
7 septiembre, 2026
El aire puede parecer transparente y limpio y, aun así, contener una mezcla de partículas y gases capaces de afectar nuestra salud. Para descubrir qué estamos respirando, los científicos necesitan mirar aquello que nuestros ojos no pueden ver.
Mira por la ventana. Si el cielo está azul, las montañas se distinguen a lo lejos y no hay una nube gris sobre la ciudad, probablemente pensarías que el aire está limpio.
Pero no necesariamente.
Muchos de los contaminantes que respiramos son invisibles. No podemos reconocerlos por su color y, en ocasiones, tampoco por su olor. Por eso, para saber realmente qué tan limpio está el aire necesitamos algo más que nuestros sentidos: necesitamos medirlo.
¿Qué hay en el aire?
Aunque normalmente hablamos del “aire” como si fuera una sola cosa, en realidad es una mezcla de gases. La mayor parte está formada por nitrógeno y oxígeno, acompañados por pequeñas cantidades de argón, dióxido de carbono, vapor de agua y otros gases.
Pero flotando entre esas moléculas también pueden encontrarse sustancias que no deberían estar allí en grandes concentraciones.
La Organización Mundial de la Salud vigila especialmente contaminantes como el ozono a nivel del suelo (O₃), dióxido de nitrógeno (NO₂), dióxido de azufre (SO₂), monóxido de carbono (CO) y las partículas suspendidas PM10 y PM2.5.
Algunos provienen directamente de fuentes como vehículos, industrias, incendios o la quema de combustibles. Otros se forman en la propia atmósfera mediante reacciones químicas.
Y entre todos ellos hay unos especialmente diminutos.
Un enemigo mucho más pequeño que un cabello
Las PM2.5 son partículas que miden 2.5 micrómetros de diámetro o menos.
Para imaginar su tamaño piensa en un cabello humano: su diámetro suele ser decenas de veces mayor. Eso significa que podríamos colocar muchas partículas PM2.5 a lo ancho de un solo cabello.
Son tan pequeñas que pueden permanecer suspendidas en el aire y viajar grandes distancias. Y cuando respiramos, algunas pueden penetrar profundamente en nuestros pulmones. Las partículas más finas incluso pueden alcanzar el torrente sanguíneo.
Por eso preocupan tanto a los científicos.
La exposición a la contaminación atmosférica está relacionada con enfermedades respiratorias y cardiovasculares, entre otros problemas de salud. La OMS considera actualmente a la contaminación del aire como una de las mayores amenazas ambientales para la salud humana.
Entonces, ¿cómo medimos algo que no vemos?
Aquí comienza el trabajo de los científicos.
En muchas ciudades existen estaciones de monitoreo atmosférico que funcionan como una especie de laboratorio que observa el aire las 24 horas del día. En lugar de utilizar ojos, emplean instrumentos capaces de tomar muestras y determinar la concentración de distintos contaminantes.
Algunos equipos cuentan partículas diminutas. Otros analizan gases específicos.
Los científicos pueden expresar la cantidad de partículas suspendidas en microgramos por metro cúbico de aire (µg/m³). Es decir: cuánta masa de partículas encontramos dentro de un enorme cubo imaginario de aire de un metro de alto, un metro de ancho y un metro de profundidad.
Después, esos datos pueden transformarse en índices y categorías que nos ayudan a responder una pregunta mucho más cotidiana:
¿Es buena idea salir a correr, jugar o hacer ejercicio al aire libre hoy?
El cielo azul puede engañarnos
Aquí aparece una de las partes más curiosas.
Un cielo azul no siempre es sinónimo de aire limpio.
Cuando existe una gran concentración de partículas podemos observar bruma, humo o una capa gris sobre una ciudad. Pero algunos contaminantes son mucho menos evidentes.
El ozono, por ejemplo, puede alcanzar concentraciones perjudiciales sin formar necesariamente una nube visible.
Y, curiosamente, el ozono tiene dos caras.
Muy arriba de nosotros, en la estratósfera, la capa de ozono ayuda a proteger la vida de buena parte de la radiación ultravioleta del Sol. Pero cerca del suelo, el ozono es un contaminante que puede afectar nuestros pulmones, plantas y ecosistemas.
Además, no sale directamente del escape de un automóvil como si fuera humo. Se forma mediante reacciones entre otros contaminantes en presencia de la luz solar.
Así que un día soleado y aparentemente despejado puede esconder una química atmosférica bastante compleja.
El aire tampoco conoce fronteras
Hay otra razón por la que estudiar la atmósfera resulta fascinante: el aire está en movimiento.
Los vientos pueden transportar partículas y gases a cientos o incluso miles de kilómetros de su lugar de origen. El humo de un incendio forestal puede viajar de una región a otra; el polvo de los desiertos puede cruzar océanos, y los contaminantes generados en una ciudad pueden desplazarse hacia otras zonas.
Por eso la contaminación del aire no es únicamente un problema del lugar donde se produce.
La atmósfera conecta al planeta.
Aire limpio y cambio climático: dos historias conectadas
La contaminación atmosférica y el cambio climático no son exactamente lo mismo, pero muchas veces comparten protagonistas.
La quema de combustibles fósiles, por ejemplo, libera gases de efecto invernadero y también sustancias que deterioran la calidad del aire. Otros contaminantes, como el carbono negro y el ozono troposférico, también influyen sobre el clima.
Incluso los fenómenos asociados al calentamiento del planeta pueden empeorar algunos problemas de calidad del aire. Las olas de calor favorecen determinadas condiciones para la formación de ozono y los grandes incendios liberan enormes cantidades de humo y partículas a la atmósfera. La Organización Meteorológica Mundial ha advertido recientemente sobre esta relación cada vez más estrecha entre clima y calidad del aire.
Por eso muchas soluciones pueden ayudarnos por partida doble: reducir ciertas emisiones puede significar un clima más estable y un aire más saludable.
Una fecha para mirar lo invisible
Cada 7 de septiembre se conmemora el Día Internacional del Aire Limpio por un cielo azul, establecido por la Asamblea General de las Naciones Unidas en 2019.
La fecha busca recordar algo aparentemente sencillo, pero fundamental: respirar aire limpio es indispensable para nuestra salud y para la de los ecosistemas.
En 2026, la conmemoración pone especial atención en los beneficios de actuar al mismo tiempo frente a la contaminación atmosférica y el cambio climático.
Pero quizá la mejor manera de celebrarlo sea comenzar por hacernos una pregunta cada vez que levantamos la mirada:
¿Lo que vemos nos dice realmente qué estamos respirando?
La respuesta está flotando frente a nosotros. Solo necesitamos las herramientas adecuadas para descubrirla.
