¿Por qué recordamos algunos sismos y olvidamos miles de otros? Copiar al portapapeles
POR: ChemaTierra
19 septiembre, 2026
El 19 de septiembre ocupa un lugar especial en la memoria de México. Pero ¿tiembla realmente más en septiembre o somos nosotros quienes hemos aprendido a mirar esta fecha de otra manera?
Si vives en México, probablemente hay un sonido que reconoces en menos de un segundo: la alerta sísmica.
Quizá incluso antes de pensar qué significa, tu cuerpo ya reaccionó. Levantas la mirada, buscas a quienes están contigo, recuerdas dónde está la salida. Para muchas personas, ese sonido también trae recuerdos.
Y no es extraño.
En México, el 19 de septiembre está asociado con tres grandes sismos: el de 1985, de magnitud 8.1; el de 2017, de magnitud 7.1; y el de 2022, de magnitud 7.7. Tres terremotos importantes ocurridos el mismo día parecen demasiado para ser una simple casualidad.
Pero, hasta donde sabemos, eso es exactamente lo que son: una extraordinaria coincidencia.
La Tierra no tiene calendario
Las placas tectónicas no saben que es septiembre.
Los sismos ocurren cuando la energía acumulada por el movimiento de grandes bloques de la corteza terrestre se libera repentinamente. En un país tectónicamente activo como México, esto sucede constantemente.
De hecho, si revisáramos únicamente los terremotos que recordamos, tendríamos una imagen bastante extraña de la actividad sísmica del país.
Desde el sismo de 1985 y hasta 2022 ocurrieron otros 21 sismos en México de magnitud similar —7 o mayor— que no sucedieron necesariamente en septiembre. Algunos pasaron casi inadvertidos para buena parte de la población porque ocurrieron lejos de grandes ciudades o provocaron pocos daños.
Entonces, ¿por qué septiembre parece tan sísmico?
La respuesta quizá no esté debajo de nuestros pies, sino dentro de nuestra cabeza.
Nuestro cerebro es un buscador de patrones
Encontrar patrones es una de las grandes habilidades del cerebro humano.
Nos permite reconocer rostros, anticipar situaciones y relacionar acontecimientos. Si unas nubes oscuras aparecen antes de una tormenta, aprendemos que pueden ser una señal de lluvia. Si tocamos algo caliente y nos quemamos, recordamos evitarlo la próxima vez.
El problema es que nuestro cerebro es tan bueno buscando conexiones que, en ocasiones, también las encuentra donde no existen.
Tres grandes sismos en un mismo día del calendario forman un patrón extraordinariamente llamativo: 19 de septiembre de 1985, 19 de septiembre de 2017 y 19 de septiembre de 2022.
Es natural preguntarnos si significan algo. Pero la ciencia necesita algo más que una coincidencia. Necesita evidencia de que existe un mecanismo capaz de relacionar esos acontecimientos. Y hasta ahora no existe evidencia de que los sismos sigan fechas del calendario, estaciones del año o un supuesto “mes de los terremotos”.
No recordamos todos los sismos por igual
Aquí ocurre algo todavía más interesante.
Nuestra memoria tampoco es un archivo perfecto en el que todos los acontecimientos ocupan el mismo espacio.
Recordamos especialmente aquello que tuvo consecuencias importantes, que nos sorprendió o que estuvo acompañado de emociones intensas. Y un gran terremoto reúne todas esas características.
Por eso el sismo de 1985 forma parte de la memoria incluso de muchas personas que todavía no habían nacido. Sus imágenes, historias y testimonios han pasado de una generación a otra.
Cuando ocurrió el terremoto del 19 de septiembre de 2017, esa memoria volvió inmediatamente. Investigaciones sobre memoria social han encontrado que aquel día despertó recuerdos de 1985: aparecieron comparaciones sobre los edificios destruidos, los rescates, la solidaridad y la movilización de la sociedad.
Y cinco años después ocurrió algo todavía más improbable: volvió a temblar con fuerza un 19 de septiembre. Para nuestro cerebro, el patrón quedó prácticamente dibujado.
¿Entonces es absurdo tener miedo al 19 de septiembre?
No.
Saber que una coincidencia no tiene una explicación geológica no significa que nuestras emociones desaparezcan automáticamente.
La memoria sirve, entre otras cosas, para ayudarnos a reconocer peligros. Por eso una experiencia intensa puede hacer que determinados sonidos, lugares o fechas despierten una reacción inmediata.
Especialistas de la Facultad de Psicología de la UNAM han señalado, por ejemplo, que la alerta sísmica puede provocar miedo o ansiedad, pero también puede asociarse, mediante los simulacros, con una respuesta aprendida de protección.
Recordar también es una forma de adaptarnos
No podemos evitar que las placas tectónicas se muevan. Tampoco sabemos exactamente cuándo ocurrirá el próximo gran sismo. Pero sí podemos cambiar nuestra manera de vivir en un territorio sísmico.
Después de grandes terremotos aprendemos. Estudiamos mejor el suelo, desarrollamos instrumentos para observar los movimientos de la Tierra, revisamos construcciones, creamos protocolos, hacemos simulacros y enseñamos a nuevas generaciones qué hacer cuando escuchan una alerta.
Incluso nuestras ciudades guardan memoria.
La Ciudad de México de hoy no responde a un terremoto exactamente igual que la de 1985. Los simulacros, los sistemas de monitoreo y alerta, los protocolos de emergencia y décadas de investigación científica forman parte de una especie de memoria colectiva construida a partir de lo vivido.
El sismólogo mexicano Carlos Valdés lo resume de una manera interesante: la memoria sísmica puede ser una herramienta para la vida. Los terremotos que recordamos funcionan también como recordatorios de que vivimos en un territorio dinámico y necesitamos aprender a habitarlo.
Un planeta que se mueve, una sociedad que aprende
La Tierra lleva miles de millones de años transformándose. Levanta montañas, abre océanos, desplaza continentes y libera energía en forma de terremotos.
Nada de eso ocurre porque sea septiembre.
Y quizá por eso el 19 de septiembre puede significar algo importante sin necesidad de convertirlo en una fecha misteriosa o temible.
Puede ser el día en que recordamos que nuestro planeta se mueve y que nosotros vivimos sobre él.
Y que, aunque no podemos decidir cuándo volverá a temblar, sí podemos decidir qué hacemos con todo lo que hemos aprendido cada vez que la Tierra se mueve.
